La puerta chirrió al abrirse. Todo el
mundo calló, incluso Egon, el profesor de matemáticas. Anna entró en mi
supuesta clase, y yo la seguí. Egon rompió el hielo que invadía toda la
habitación.
—Hola,
señorita Meyer —saludó a Anna mientras
se dirigía desde su mesa hasta nosotras—.
Me comentó ayer Ludwig que iba a tener a una nueva alumna en mi clase —comentó
y me miró sonriente.
Con los huesos a punto de romperse,
levanté la cabeza y no entendí el color de sus ojos. Podría jurar que no era un
color corriente. Me recordaba a los gatos que se paseaban alrededor de mi
pasada granja de Londres: tenían un aire felino y una forma alargada. Recordar
las etapas de mi vida en las que la felicidad era parte de mi ser me
tranquilizaba, pero la nostalgia siempre estaba abrazándome.
Egon sonrió y su mellada dentadura hacía
daño a los ojos.
—Bienvenida,
señorita Johnson —dijo Egon con aire
alegre—. Será todo un placer
tenerla en clase. Llega justo a tiempo para aprender lo que son las funciones.
Tome asiento, por favor.
Egon y Anna empezaron a entablar una conversación
sobre un niño y una brecha que me interesaba más que las nombradas funciones,
pero aún así, miré hacia mis compañeros, porque era lo que debía hacer. Entre
algunos de ellos había sitios libres, pero no me decantaba por ninguno. La
indecisión es la mejor excusa que se le puede poner al miedo, y me convencí a mí
misma de ello. Había un sitio libre a la izquierda de la clase, entre un chico
parecido a Bean (esa silla era demasiado pequeña para su culo) y una chica con
el pelo cortado en forma de seta, e intenté no reírme de su situación. Cuando
dirigía mi mirada hacia el siguiente sitio, una chica levantó sigilosamente la
mano para llamar mi atención. Tenía los ojos increíblemente azules, tan azules
que podías nadar o volar en ellos. Unos labios finos, una nariz ligeramente
puntiaguda y un pelo que parecía oro. Con los dedos me hizo un gesto bastante
incomprensible, pero creía que me estaba ofreciendo el sitio libre de su
derecha, así que caminé hacia él. Me senté entre la chica de ojos azules y un
chico con el pelo rubio, tan corto que no parecía que tuviera pelo. Este último
me lanzó una mirada parecida a la que echa un cerdo cuando le arrebatan su
comida, y lo gracioso de la comparación es que realmente parecía un cerdo, ya
que tenía la nariz ancha y para arriba. No me cayó muy bien.
Desvié la mirada, porque estaba más incómoda de
lo que ya estaba al principio, y seguro que eso no era del todo saludable.
—Bienvenida a la cárcel
Pankow —me dijo la chica de
los ojos color cielo—. Me llamo Beate.
Me sonrió y miró hacia delante. Egon y Anna habían
finalizado su conversación, y Egon tenía intenciones de seguir con la clase.
—Señorita Johnson,
tiene una libreta y una pluma debajo de su pupitre —alzó
la voz para que consiguiera escucharle—.
Sigamos con la clase —anunció, y escribió en
la pizarra “LAS FUNCIONES”.
Y así era. Cogí la libreta, la pluma y la tinta,
me preparé todo encima de la mesa y empezó mi primera clase en este orfanato.
Nadie habló (excepto el profesor) durante la media hora que quedaba de clase.
Aquí todo el mundo parecía tener miedo a la libertad de expresión. No lo sé,
eso parecía. Las funciones se me daban bien, así que parecieron cinco minutos
en vez de media hora. Después tuvimos clase de alemán, que era dirigida por una
profesora llamada Gesine, que tendría más de cincuenta años y, como ella misma
comentó, deseaba jubilarse. Aprendí más sobre matrimonios y zapatos caros que
de alemán, porque así, en ese orden, daba las clases Gesine. En primer lugar,
empezaba contándonos que su matrimonio no era sincero o real y, después,
justificaba la decadencia de su este diciendo que la culpa la tenía su marido,
porque no le regalaba unos zapatos que solo podría comprar si vendiera un ojo
de la cara. Durante la clase, Beate me contó que Gesine era la persona más egocéntrica,
manipuladora y aburrida que había conocido hasta ahora, y de momento lo creí.
Cuando la vi por primera vez no me dio buena impresión, pero aseguré que el
mundo podría seguir actuando como mundo sin su existencia cuando terminó la
clase.
A lo largo de esta hora y media, Beate me había
parecido simpática y alegre, aunque era algo tímida. Aunque, siendo sinceros,
no sabría decir si era tímida o solo estaba incómoda. Me presentó a varias
compañeras más, las cuales todas tenían mi aprobación, exceptuando a una de
ellas, que se llamaba Inga y era tan agradable como su nombre. Parecía la típica
chica que solo busca problemas, de las que piensan que son el centro del mundo
y que todos nosotros tenemos que arrodillarnos ante ellas mientras cantamos lo
bellas y buenos ejemplos a seguir que son. Inga era de todo menos guapa,
sociable y simpática. No me gustaba, y por su expresión al verme parecía que yo
a ella tampoco, así que lo mejor sería que ignorara su presencia.
Beate también me presentó a un chico, que parecía
más mujer que hombre. Se puso muy contento al verme y me recibió con besos en
las mejillas, un acto poco común en los alemanes. Él mismo dijo que se llamaba
Alaric, pero no comentaré como es porque no tuve tiempo a saber algo sobre él
de lo que estuviera segura.
Eran las tres de la tarde, lo que quería decir
que se habían acabado las clases por hoy y tocaba comer, así que nos dirigimos
al comedor Beate y yo mientras conversábamos animadamente sobre la personalidad
de Inga.
Cuando entramos por la puerta, nos dirigimos
hacia la barra del comedor después de coger una bandeja. Lo típico: vas
caminando al lado de ella mientras te sirven la comida que toca en el plato.
Mientras nos servían, un grupo de chicos que no tenían nuestra edad (lo sé
porque no iban a mi clase y porque no parecían más pequeños que nosotras), que
estaban en frente nuestro, empezaron a hablar de mí, aunque no se dieron cuenta
de que estaba al tanto de su conversación. Beate me contó que lo formaban cinco
chicos con un año más que nosotras, los cuales se llamaban Emil, Johann, Otis,
Verner y Will. Al parecer, en esta ocasión, Will no estaba presente.
—Dicen que es
londinense —susurró Verner—.
En su antiguo colegio tenía matrícula de honor en inglés, aunque no me extraña.
—¿Pero nació en
Alemania? —preguntó Otis.
—Sí, obviamente, sino
estaría en un orfanato de Londres, imbécil —contestó
Verner, y yo reí por dentro.
—No es para nada fea —comentó
Johann en voz baja mientras me hacía un “escáner” de reojo—.
Joder, un cuerpazo para los quince años que tiene.
Aclaración: no me lo tomé como un halago, porque
yo no era nada de lo que decían.
—Créeme, nos hemos dado
cuenta —dijo Verner manteniéndole
la mirada.
—¡Mirad, por ahí viene
el desaparecido! ¡Eh, Will, ven aquí! —exclamó
Otis, y pude volver a sentirme cómoda.
Un chico pasó por mi lado, y el olor a pino que
dejaron sus pisadas era demasiado reconocible. No tuve la oportunidad de verle
la cara, ya que en un instante empezó a hablar con sus cuatro amigos, que ya no
susurraban, y me daba la espalda.
—¿Por qué no has venido
a clase? —preguntó Otis.
—Me desvelé de
madrugada y estuve dando vueltas —contestó
Will—. No quería ir, y hasta ahora.
Tenía una voz grave, pero no excesivamente. Era
penetrante y clara. Tenía un toque sensual que llamaba mi atención como el olor
a pino. Sí, era desgarradoramente sexy.
—¿Te han dado la típica
charla, no? —preguntó Johann.
—Sí, pero esta vez me
ha pillado la de dibujo, así que no se puede considerar una charla.
—Tienes una suerte de
cojones, capullo —dijo Verner, y le
propinó un golpe en forma de puñetazo en el hombro. Will se giró y empecé a
rezarle a los dioses para que no se hubiera dado cuenta de que estaba
escuchando todo.
Tenía los ojos verdes como la hierba, que
transmitían más esperanza que el aire frío; unos labios gruesos y agrietados,
el pelo castaño, con un aire alborotado; era alto y ligeramente musculado, con
un cuello más tenso que mi persona.
Volvió a girarse hacia sus amigos.
—¿Quién es? —susurró
en un tono casi inaudible.
—Es nueva, ha llegado
hoy. Solo sabemos que vivió hasta los diez años, más o menos, en Londres y que
no tiene padres —contestó Johann—.
Bueno, y que está muy buena.
Johann rió y los demás, excepto Will, que se
limitó a mirar por encima de ellos, se rieron con él.
—¿No sabéis como se
llama? —preguntó Will.
—No, qué va. Pregúntale
a alguna de su clase, tío, babean al verte —dijo
Verner—. Te resultará fácil.
—Venga, vamos a comer —finalizó
Otis la conversación.
Beate y yo pasamos toda la comida hablando sobre
los perros que se pasean por el exterior del orfanato. Al parecer, no son
salvajes, sino que son lo suficientemente dóciles como para acariciarles
durante un rato, aunque cogerles en brazos sin salir ileso resulta imposible.
Beate contaba anécdotas que sucedieron con estos y yo me reía, aunque no me
hicieran gracia. No es que no fueran graciosas, sino que mi mente había volado
a otra parte. Tenía demasiados temas por los que preocuparme que reírme parecía
una pérdida de tiempo. No podía parar de pensar en mi padre, en Marcus, en las
escaleras sin barandilla, en los ojos de Will, en mi falda demasiado corta, en
que este era mi nuevo hogar (aunque no lo considerara un hogar), en el mar, en
el mal humor de Inga… Era una lista infinita de preocupaciones a las que no les
encontraba una solución o una vía de escape. Pensar se me daba demasiado bien,
y ese era el problema. Nos preocupamos de la gente que tendríamos que ignorar,
cuando nuestro principal enemigo está en nosotros mismos. Nuestras pupilas
contienen un relieve de gato negro, pero siempre he pensado que la vida es
mejor con palabras de suerte. Aunque la suerte es muy relativa. Somos nuestra
propia suerte.
Fascinante, Ana. Sigue así y llegarás muy lejos. Att: una lectora que te adora (y también a tu novela).
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias por leerme y por todos los ánimos que me das! Me alegra muchísimo saber que te gusta, y significa mucho para mí.
EliminarMuchos besos y abrazos.