domingo, 24 de agosto de 2014

Capítulo 5.


El toque de queda nocturno era a las nueve y media. Beate me había contado esa tarde que alguna vez se había visto a un estudiante intentando escaparse o andando por los pasillos del orfanato pasadas las nueve y media. El castigo que se imponía a estos actos de desobediencia podemos resumirlo en la limpieza de más de medio orfanato. Barrer cada esquina, limpiar las grandes cristaleras, regar los árboles de El Enorme Espacio y múltiples tareas más. Si tenías suerte, podías prestar ayuda en la enfermería durante una semana en vez de acabar con un dolor de espalda terrible al cabo de cada día, pero aquí tu suerte dependía de qué profesor estuviera de guardia esa noche.
A las ocho y media entramos en 9. GIRLS, la habitación de todas mis compañeras (incluida yo misma). Beate y yo estábamos sentadas encima de su cama, que estaba al lado de la ventana, donde se podía ver todo el bosque y las luces de una ciudad lejana.
—¿Me cambiarías la cama? —pregunté directamente—. Verás, estas vistas me tranquilizan.
—¡Claro! —exclamó sonriente—. En realidad, me haces un favor, ¿sabes? No puedo dormir si hay un rayo mínimo de luz y, siéndote sincera, este sitio es el más luminoso de toda la habitación. Sea de noche o de día.
—Genial, porque mi cama está a la izquierda de la de Inga y así no me tendré que preocupar de si me quiere matar en sus sueños o no —bromeé y reímos juntas—. ¡Y mucho menos de si ronca! —añadí y nos reímos más fuerte.
—¡Aquí hay gente que intenta hablar de cosas importantes! —exclamó Inga desde la otra punta de la habitación—. Dejaos las conversaciones de muñecas para otro momento, idiotas.
Quería gritarle al oído del mal que se tenía que morir, pero lo dejé pasar, porque no llevaba razón en nada de lo que había dicho. Solo quería hacernos daño, pero al igual que Beate (la conocía mucho más que yo y sabía actuar en consecuencia mejor que yo) decidí ignorarla y reírme de nuevo.
Beate y yo hicimos el cambio de camas, aunque no tardamos más de cinco minutos. Todo lo que tenía era mi maleta, y resultó fácil cambiarla de un extremo a otro de la habitación.
El reloj marcaba las once y cuarto cuando dejé de examinar el bosque con la mirada y me di cuenta de que todas mis compañeras permanecían dormidas. Al ser mi primera noche en este orfanato no podía plantearme la idea de dormir, porque sabía que todos mis intentos se convertirían en polvo. Me había acostumbrado a la noche de la misma manera en la que te acostumbras al día. La única diferencia es que la noche me entendía mejor que el Sol. No era una chica a la que le gustaran las cosas brillantes o los arcoíris. Me decantaba por los contrastes y el blanco y negro; los ojos oscuros y mi número trece. Y esa era yo: la chica de manos limpias y ojos sucios.
Miré hacia la ventana una vez más y pensé en escalar el árbol más alto y observar la ciudad desde las nubes. Podía intentarlo, aunque fuera arriesgado. Me levanté de la cama con sigilo y anduve hacia la puerta de la habitación. No cerraban con llave, así que mi objetivo era que no chirriara al girar el pomo y, como la mayoría de cosas que me proponía, fue en vano. Dos o tres chicas se sacudieron en la cama, pero nadie se despertó. Aproveché el momento y salí de la habitación lo más rápido que pude. Cerré la puerta detrás de mí y, con cautela, me dirigí hasta el final del pasillo. Los pasillos contaban con dos luces encendidas en cada uno. Era suficiente como para que viera a un profesor (aún no me había dado clase) sentado en una de las sillas del recibidor. Oí desde lo alto de las escaleras sus ronquidos y algo me decía que estaba a salvo.
Comencé a bajar cuidadosamente cada escalón. No recordé que no poseía barandilla hasta que, por accidente, resbalé con la esquina de uno de los escalones. Caí de tal manera que mis dos piernas quedaron colgando donde se suponía que debería de haber una maldita barandilla. Agarraba con fuerza el mármol de la escalera y soportaba mi peso a duras penas. No iba a aguantar por mucho más tiempo y, cuando me rindiera, recibiría bastantes horas duras de limpieza y algún que otro rasguño. Con los dientes bien apretados, me decía a mí misma que lo que debía hacer era concentrarme, pero mis ojos decidieron humedecerse y dirigir la mirada hacia el suelo. Fue entonces cuando me sentí la persona más histérica e inútil del mundo.
»Habría aproximadamente tres centímetros desde mis pies hasta el suelo. Caí de pie, como cabía esperar. Solté un suspiro que más bien parecía un bufido y continué caminando. Una de las ventanas del recibidor que daban a El Enorme Espacio estaba abierta, así que descarté la idea de intentar abrir la puerta de entrada. Pasé una pierna al otro lado de la ventana y la otra le siguió. Me quedé sentada en esta, esperando a que alguien viniera a decirme que todo iba a estar bien, pero ese momento no llegó. Me impulsé hacia delante y, una vez tocaba tierra firme, comencé a caminar con decisión hasta las rejas. Estas formaban cuadrados entre ellas, lo cual resultaba fácil para alguien que quería pasar al otro lado de ellas. Tal vez, demasiado fácil. Intenté maniobrar rápido, así que escalé las rejas como si de una escalera se tratara.
»Estaba ya al otro lado de la valla cuando se encendió la luz del recibidor. Corrí hacia el bosque y nunca supe porqué se encendió aquella luz. Aquella noche era oscura, pero había un cielo despejado y la luz de la Luna consiguió guiarme hasta un punto bastante alto de la montaña. La oscuridad no me daba miedo, y como había vivido gran parte de mi vida rodeada de bosque, aún significaba menos para mí.
Estuve un largo período de tiempo pensando en los demás; en los vivos, y en los muertos también. Y en la familia que viviría en la casa más iluminada de aquella ciudad, y en el sonido del movimiento de las hojas cuando hay viento. Este se mezclaba con el frío de la noche y hacía que me estremeciera involuntariamente. Necesitaba entrar en calor y me decanté por seguir subiendo la montaña. Empecé a tararear la melodía de la canción que mi padre siempre me cantaba cuando era pequeña, y comencé a llorar, pero no sollozaba, sólo caían lágrimas que acababan en mis labios, rodeando cada nota musical que mis cuerdas vocales producían. Unos cuantos metros más adelante, vi a alguien sentado en la tierra del bosque. Estaba segura de que, desde su posición, se podría ver más allá de Berlín. Empecé a caminar en esa dirección y, unos metros más atrás, me escondí detrás del tronco de un árbol. Giró la cabeza con la mirada perdida y pude ver que se trataba de Will sentado en lo alto de una montaña a la una de la madrugada. Solía escaparse a menudo, por lo visto. Incliné mi cuerpo para tener un campo de visión más amplio, pero perdí el equilibrio, y una rama crujió bajo mis pies. Con impulso, Will se levantó y yo me escondí tras el tronco del gran árbol de nuevo.
—¡Venga, va, te he escuchado! —exclamó Will haciendo que se me agitara la respiración y que mi corazón bombeara sangre con más rapidez.
Me mantuve en silencio, intentando respirar en el tono más bajo posible. Oí como caminaba.
—No diré nada —dijo Will con más tranquilidad—. Soy un animal bastante dócil.
Pensé en salir de mi escondite y decirle que me llamaba Julia Johnson, pero no lo hice. No le conocía y, por consecuencia, no sabía como actuaría.
—Está bien —finalizó Will—, como prefieras. Me sentaré aquí de nuevo —dijo y escuché su cuerpo caer en la tierra húmeda—, como siempre he hecho, y me dedicaré a contemplar la belleza de Berlín.
Dejé que pasaran unos cuantos segundos para ver si era como él había dicho, y fue sincero. Empecé a dar pasos lentos en dirección contraria, pero me tropecé con una rama gruesa de un árbol, cayéndome al suelo y haciéndome heridas en la rodilla derecha y en las palmas de las manos. Me levanté con agudeza. El sonido que se creó cuando mi cuerpo cayó fue fuerte y llamó la atención de Will.
—Eh, ¿estás bien? —preguntó y yo empecé a caminar con ligereza—. ¡Espera!
Comencé a correr lo más rápido que mis piernas me permitían y Will me siguió. Tenía miedo de que me alcanzara, pero era rápida y sabía mantener el ritmo.
—¡Joder, menuda manera de correr! —exclamó detrás de mí.
Por su voz, supe que estaba empezando a cansarse y que le llevaba bastante ventaja, pero, aún así, no podía permitirme parar.
—¡Está bien, tú ganas! —exclamó y nos detuvimos al mismo tiempo—. ¡Pero voy a saber quién eres tarde o temprano! ¡Qué tía más rara! —rió, y fue inevitable que me contagiara la risa.
Bajaba la montaña intentando recuperar la respiración. Pensé que fui valiente, porque corrí en vez de quedarme petrificada y perpleja. Decidí en treinta segundos darle intriga al momento en vez de dejar que Will viera mi cara roja e hinchada por las lágrimas. Me pareció un chico interesante, pero no estaba entusiasmada por conocerle. La confianza es algo que se pierde con facilidad, y yo dejé de creer en ella cuando todos los de mi alrededor me fallaron. Me planteé la idea de los imposibles.
Llegué hasta las rejas del orfanato. Antes de comenzar a escalarlas y pasar al otro lado de ellas, ojeé todo mi alrededor para comprobar que la única persona que había por allí era yo. Mis manos ardieron cuando agarré las barras de hierro. Las palmas de estas tenían arañazos y cortes. Reprimí el dolor con un gruñido y conseguí saltar las rejas. Caminé hasta la ventana por la que había salido antes, que seguía abierta, y vi como el profesor continuaba durmiendo. Entré en el orfanato como había conseguido salir y empecé a subir las escaleras con más cuidado del que tuve cuando las bajé. Llegué al pasillo donde estaba mi habitación y me dirigí al cuarto de baño. Encendí la luz y oí como alguien estaba meando. Hice una mueca al respecto y me puse delante del espejo. Tenía el pelo alborotado y la cara sudorosa, lo cual hacía que estuviera horrible. Me aseé y limpié las heridas de mis manos y de mi rodilla con agua y jabón. Dolía y escocía, pero no me importaba, porque tenía más cosas en la cabeza por las que preocuparme. Cuando estás lleno de heridas internas, un rasguño físico no significa nada para ti, y menos para los demás.
Inga salió de uno de los baños individuales que tenía a mis espaldas. Estaba despeinada y, por su bostezo, parecía tener sueño.
—Hombre, la mosquita muerta amiguita de Beate —dijo acercándose a mí.
—¿Qué quieres, Inga? —pregunté.
—¿De dónde vienes?
—De la habitación. Me he desvelado.
—No me mientas, bonita, no estabas allí —dijo mientras negaba con la cabeza—. Te lo preguntaré una vez más: ¿de dónde vienes?
—No te importa —sentencié.
—La verdad es que sí que me importa, porque quiero tener mucho cuidado contigo.
—¿Soy una amenaza para ti? —pregunté alzando una ceja.
—Para nada, niña patética que sólo intenta dar pena —canturreó intentando ofenderme.
—No me conoces de nada.
—Tampoco me hace falta. Es mejor prevenir que curar.
—Estoy de acuerdo, así que lo mejor será que me vaya.
Anduve hasta la puerta del aseo y, cuando la abrí, Inga dijo en un tono bastante alto:
—Ten cuidado conmigo, Johnson.
Suspiré y salí del cuarto de baño. Apoyé mi espalda en la puerta y respiré profundamente, intentando sacudir toda la tensión que llevaba encima. Empecé a masajear mi nuca cautelosamente, porque no quería hacerme daño en las manos. Impulsé todo mi cuerpo hacia delante y me obligué a irme a la cama. Entré por la puerta de la habitación y todas mis compañeras seguían durmiendo. Miré todas y cada una de las caras, e incluso me reí con algunas. Me tumbé en la cama, con la sábana tapándome. Apoyé mi cabeza en la almohada y cerré los ojos, esperando a que Inga volviera del cuarto de baño. Pasaron diez minutos hasta que la puerta se abrió e Inga se metió en la cama. Conseguí estar tranquila.
Parecía una aventura. Todo lo ocurrido aquella noche parecía de ciencia ficción, y eso que nunca pensé en ser científica, porque no iba conmigo. Éramos como polos idénticos que no se podían repeler más. Sigo en busca de un polo opuesto que me atraiga, a nivel de cualquier tema. Saqué en claro muchos hechos a las dos y media de la madrugada, y el primero era que mi estancia en este orfanato no iba a ser fácil si tenía a Inga acechando. El segundo era que Will corría rápido, pero no tanto como yo. El tercero era que a Will le gustaba hacer una cosa que a mí también: observar las cosas grandes e increíbles. El tercero era que me gustaba el nombre de Will. El cuarto era que debía dejar de pensar en Will. El quinto era que tenía que llevar cuidado con mis manos y mi rodilla, y más con el bosque. El sexto era que los profesores duermen en las sillas del recibidor en las guardias nocturnas. El séptimo era que la posición de mi cama sí que era el sitio más iluminado de la habitación. Y el octavo era que este orfanato no estaba tan mal como pensaba.

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