Dormí. Esa noche dormí. No estaba
segura de si era por el cansancio acumulado o por las ganas de evadirme del
mundo (esa noche en especial, aunque casi siempre quería hacerlo), pero dormí.
Y dormí bien hasta que Flora entró en mi habitación cual terremoto y me ordenó
que 1) despertara, que 2) ordenara la habitación en cinco minutos y que 3)
cogiera todas mis cosas (todas mis cosas era mi maleta) y bajara a disfrutar de
mi último desayuno en esta casa. No me dio tiempo a pensar si iba a disfrutar de un desayuno descomunal o fuera de lo normal, ya que en unos instantes
estaba sentada en la mesa de la cocina comiendo los típicos y rutinarios
cereales bañados en leche mientras observaba las feas y poco originales flores
de plástico. Definitivamente, odiaba la monotonía.
La familia feliz no tardó en
aparecer.
—¡Buenos días, July! —dijo
Marcus, y me dio un beso en la frente que no me gustó.
—Días —le corregí.
Nunca había entendido porque la
gente daba los “buenos días”. Para empezar, los días no se daban y, finalmente,
la mayoría de las veces no eran buenos, ya que más del cincuenta por ciento de
la población alemana se levantaba con el pie izquierdo, aunque intentaran mostrar
lo contrario porque, ese tanto por ciento, era igual de orgulloso que idiota.
—Te echaremos de menos, cielo
—dijo Flora, manteniéndome la mirada. Aquello era la guerra.
—Una pena que yo no pueda decir
lo mismo —dije, y me acordé de Colin.
—No seas así, Julia. Nosotros te
hemos cuidado mucho.
—Si por “cuidar mucho” te
refieres a “hacer de mi vida un infierno adornado con estúpidas flores de plástico”
—y le di un manotazo a las flores—, por supuesto, me habéis cuidado mucho.
—Por estos actos de rebeldía te
marchas —explicó Flora—. Eres injusta.
Entonces comencé a pensar en la
injusticia y en mi padre, y la idea de que era una persona injusta la descarté
por completo. No entendía muy bien lo que era la rebeldía, así que no presté
atención a ese comentario.
—Sinceramente, quiero marcharme,
Flora. No te daré el placer de pensar que no quiero dejar atrás esta casa,
porque es lo único que verdaderamente me importa —dije la verdad.
—Pues entonces date prisa en
acabar de desayunar —dijo mirándome fijamente—. En unos minutos te recogerán.
Y era verdad. En un cuarto de
hora estaba sentada encima de mi maleta, en la puerta de mi casa, esperando a
que “me recogieran”.
Bean se acercó a mí
sigilosamente.
—Se supone que estoy en el baño
—dijo nervioso.
—Anda, ven aquí.
Le abracé lo más fuerte que pude.
Mis brazos empezaron a temblar por el exceso de fuerza. Sabía que era yo la que
necesitaba un abrazo y no él. Era el único abrazo que iba a recibir en
muchísimo tiempo, y Bean era lo más parecido a una “persona que me quería” que
tenía.
—Tengo que irme ya, Julia. Estoy
haciendo deberes con mi madre —dijo, y yo le solté.
Estaba haciendo deberes con
Flora. Ella era su madre. Estaba decepcionada, pero tenía ocho años.
—Te echaré de menos, Bean
—susurré y sonreí—. Ahora vete, venga.
Dio media vuelta y fue corriendo
hacia la sala de estar. Supe que esa era la última vez en la que vería a Bean.
No sentí nada. No tenía familia y creía que ya era hora de asimilarlo.
Marcus apareció y abrió la puerta
de la calle. Detrás de esta, en la acera de enfrente, estaba aparcado un coche
negro, y dentro nos esperaba Colin El Desgraciado.
—Vamos, Julia —ordenó Marcus.
El trayecto hasta el orfanato de
Pankow duró una hora (teniendo en cuenta el tráfico y una parada en una
gasolinera para que Marcus hiciera sus necesidades). Me limité a mirar los
árboles que había a nuestro alrededor, y entonces me di cuenta de que la
belleza es algo que pasa rápido. Por eso me gustaban los viajes en carretera: eran
bellos, pero rápidos y reales. Cuando llevábamos aproximadamente la mitad del
trayecto, empecé a sentir una impotencia descomunal; escuchaba música con
letras que no entendía, y no por el idioma, sino porque hablaban del amor y del
desamor, de la belleza y de la rebeldía. Y yo no era una enterada en esos
temas. Algunas letras eran bonitas y estaban llenas de alegría, pero podía
sentir la tristeza del artista al cantar las demás. Supongo que el amor no solo
se tiene que disfrutar, sino que también tienes que sufrirlo. El amor no es un
noviazgo, ni siquiera una relación de verano; el amor está por todos lados. El
amor habita en las sonrisas, en cada mirada al cielo, en las gotas de lluvia,
en la comisura derecha de los labios, en las palmas de las manos, en el mar, en
los gorriones, en el recuerdo de mi padre, e incluso en los abrazos de Bean. El
amor estaba por todas partes, pero creo que solo lo ve la gente que no sabe lo
que es. Gente como yo.
Abrí la puerta del coche cuando
este paró. Se me llenó la suela de los zapatos de barro, y esa era toda la
suerte que iba a tener. El orfanato era grande y estaba rodeado de rejas de hierro
(literalmente) un metro más altas que yo. Entre el edificio y las rejas había
un gran espacio de tierra con algún que otro árbol plantado. Por fuera, todo
era bosque y montaña. Solo se veía un camino de tierra lisa, y era por donde
había venido yo. «Al menos hay buenas vistas», pensé.
En la puerta había una especie de
guardia, aunque tuviera pinta de barrendero. Nos abrió la puerta y recorrimos El Enorme Espacio. Mientras caminaba hacia la puerta de entrada del orfanato,
observé a todos los niños y adolescentes que estaban por la tierra sentados o
de pie, al igual que ellos me observaban a mí. Había de todas las edades: un
niño de unos ocho años mirando mis zapatillas, dos chicas de, probablemente, mi
edad hablando en susurros sobre mi peinado (se basaba en una melena con algunas
ondulaciones, aunque nunca lo llevaba separado en dos partes; siempre lo echaba
hacia atrás con la mano), dos chicos que habían parado de jugar al fútbol para
hablar de mi culo… Pero al fin y al cabo, todos iguales.
Tragué saliva y me adentré en el
orfanato seguida por mi tío Marcus y Colin El Desgraciado. El suelo estaba
lleno de baldosas viejas de color marrón claro y las paredes estaban pintadas
de un blanco nuclear que hacía daño a los ojos. Había muchas ventanas y muchas
escaleras. Era extraño, porque a las escaleras no les rodeaba ninguna
barandilla, y entonces pensé en todos los niños que se habrán abierto la cabeza
por este mismo hecho. Caerse resultaba especialmente fácil, y recuperarse de la
caída especialmente difícil.
Se nos acercó un hombre mayor con
el pelo blanco, barba blanca, y unos dientes no tan blancos con separación entre
las palas.
—Buenos días, señor Johnson —dijo
mencionando el apellido de mi padre, el de mi tío y el mío—. Encantado de
conocerle —se estrecharon las manos—. Me llamo Johann Müller. Soy el director
del orfanato… ¿Julia? Sí, Julia, quiero que sepas que aquí vas a estar muy bien
cuidada.
Y sonreí, porque ese señor no
tenía la culpa de mi desastre llamado “vida”.
Marcus, Colin El Desgraciado y el
señor Johann se metieron en un despacho (el despacho del director), mientras
que yo estaba obligada a quedarme esperando en una de las sillas del recibidor
del orfanato. Cuando salieron, mi tío se limitó a despedirse de mí e irse.
—Aquí vas a estar segura, Julia.
Te lo digo en serio —sonó como una promesa que ya estaba rota—. Pórtate bien, por
favor, y cuídate mucho —dijo, y me abrazó.
No me opuse, porque ya no me
quedaban fuerzas para oponerme a nada. Solo quería estar sola y que el tiempo
pasara muy rápido.
—Tengo que irme, Julia —comentó y
se separó de mí—. Hoy trabajo y solo me he tomado tres horas libres.
—No te preocupes —mentí, porque
quería que se preocupara.
—Escucha, ahora vendrá una
profesora y te enseñará tu habitación. El señor Johann dice que el orfanato
tienes que ir conociéndolo tú misma, que es como una tradición aquí o algo así,
y que por eso no te hacen una visita guiada. Tienes clases de siete de la
mañana a tres de la tarde cinco días a la semana, con un espacio de media hora para
tomar un descanso. Me ha dicho que tus compañeras y compañeros te explicarán
como funcionan las clases para que te adaptes al lugar —me explicó—. Por Dios,
Julia, sabes cuidarte. Hazlo —me ordenó y volvió a abrazarme.
—Puedes irte ya, Marcus. Puedo
imaginarme como funciona esto.
—Vendré a verte una vez al mes
—prometió.
—Está bien.
—Vale. Genial. Adiós, Julia —dijo
caminando hacia la salida—. Cuídate mucho. Hazlo.
Me señaló con el dedo índice y
salió por la puerta junto a Colin El Desgraciado. Lo último que vi de él fue un dedo apuntándome.
Esperé cinco minutos sentada en
la misma silla, que ahora era “la silla de siempre”, hasta que una mujer
(bastante joven para la gente que se veía por aquí) se acercó a mí. Tenía los
ojos azules y una voz tan dulce que apostaba que, si su voz fuera una comida,
sería un algodón de azúcar rosa.
—Hola, Julia, me llamo Anna
Meyer. Soy tu profesora de dibujo y, bueno, me han ordenado que te lleve hasta
tu habitación, pero estoy encantada de hacerlo —dijo, y ella era igual de dulce
que su voz.
—Hola. Yo… creo que ya sabes como
me llamo —dije con una sonrisa un poco forzada.
—Sí, así es. Aquí las noticias
vuelan, ¿sabes?
—He volado y no me he dado ni
cuenta —dije y se rió.
—Vamos, te llevaré hasta tu
habitación, aunque técnicamente no es tu habitación —me miró mientras subía las
escaleras sin barandilla—. Compartes habitación con otras dieciséis chicas de
tu edad. Van a tu clase.
Mientras caminábamos por pasillos
blancos con baldosas rotas, me contó que las habitaciones se dividían por
curso. Cada curso tenía una clase, y esa clase tenía dos habitaciones: una para
chicos y otra para chicas. Las dos habitaciones estaban una enfrente de la
otra, separadas por un pasillo y puertas cerradas. No había literas, que
habría sido lo más práctico, sino que eran filas de camas pegadas a cada pared
de la habitación. Cuando llegué a la mía, vi que eran camas viejas, con
colchones viejos y cabezales de madera bastante bonitos para una cama tan
horrorosa. No había nadie en la habitación.
—Deja tu maleta encima de esta
cama —dijo señalando la tercera cama de la fila de la izquierda. Cada cama
tenía una mesa al lado derecho con tres cajones dentro. No estaba tan mal—. En
el primer cajón de tu mesa hay un uniforme que espero que sea de tu talla.
Esperaré fuera mientras te lo pones. Date prisa.
No me dio tiempo a opinar, porque
Anna ya había cerrado la puerta de la habitación antes de que pudiera decir
nada.
Abrí el primer cajón de mi
supuesta mesita, y dentro había una falda de cuadros; cuadros de un tono azul
oscuro, de otro tono azul claro, y después pasaba directamente al blanco
nuclear. También había una camisa blanca, unos calcetines que cubrían todo el
gemelo y, debajo de la mesa, descansaban unos zapatos color azul oscuro. Cuando me
puse todo, en un principio, pensé que era de mi talla, pero la falda me quedaba
por encima de las rodillas y, en ese momento, supe que tendría que tener
cuidado al agacharme. Salí de la habitación después de suspirar unas cuantas
veces. Fuera esperaba Anna apoyada en la pared.
—Estás muy guapa. Eres muy guapa.
Te queda muy bien —me halagó y me sonrió—. Vamos, sígueme, tengo que llevarte a
clase.
—¿A clase? —pregunté alterada—.
No tengo libros, ni libretas, ni siquiera tengo un lápiz.
—Te lo dará todo el profesor de Matemáticas: Egon. Siempre tenemos material de repuesto para gente nueva —explicó—.
Venga, vamos, Julia.
Fui detrás de ella hasta otro
pasillo (que no era de habitaciones, sino de clases) lleno de puertas con una
pequeña cristalera rectangular en ellas. Encima de cada puerta estaba escrito a
mano y con pintura roja el curso al que pertenecía la clase. Anna se paró
delante de una de las puertas. Encima de ella se leía “9. Klasse”. Por alguna
razón estaba escrito en alemán. Supuse que llevaría escrito ya muchos años. Aquí
las cosas se escribían en inglés y todo el mundo hablaba inglés, porque era el
mejor método de enseñanza. «Menos mal», pensé.
—Voy a caer mal a todo el mundo
—susurré para mí más que para cualquier otra persona, mientras miraba a todos
mis compañeros por el pequeño cristal rectangular.
—A mí me gustas —confesó Anna, y posó
su delgada y pálida mano encima de mi hombro.
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