sábado, 2 de agosto de 2014

Capítulo 3.


Dormí. Esa noche dormí. No estaba segura de si era por el cansancio acumulado o por las ganas de evadirme del mundo (esa noche en especial, aunque casi siempre quería hacerlo), pero dormí. Y dormí bien hasta que Flora entró en mi habitación cual terremoto y me ordenó que 1) despertara, que 2) ordenara la habitación en cinco minutos y que 3) cogiera todas mis cosas (todas mis cosas era mi maleta) y bajara a disfrutar de mi último desayuno en esta casa. No me dio tiempo a pensar si iba a disfrutar de un desayuno descomunal o fuera de lo normal, ya que en unos instantes estaba sentada en la mesa de la cocina comiendo los típicos y rutinarios cereales bañados en leche mientras observaba las feas y poco originales flores de plástico. Definitivamente, odiaba la monotonía.
La familia feliz no tardó en aparecer.
—¡Buenos días, July! —dijo Marcus, y me dio un beso en la frente que no me gustó.
—Días —le corregí.
Nunca había entendido porque la gente daba los “buenos días”. Para empezar, los días no se daban y, finalmente, la mayoría de las veces no eran buenos, ya que más del cincuenta por ciento de la población alemana se levantaba con el pie izquierdo, aunque intentaran mostrar lo contrario porque, ese tanto por ciento, era igual de orgulloso que idiota.
—Te echaremos de menos, cielo —dijo Flora, manteniéndome la mirada. Aquello era la guerra.
—Una pena que yo no pueda decir lo mismo —dije, y me acordé de Colin.
—No seas así, Julia. Nosotros te hemos cuidado mucho.
—Si por “cuidar mucho” te refieres a “hacer de mi vida un infierno adornado con estúpidas flores de plástico” —y le di un manotazo a las flores—, por supuesto, me habéis cuidado mucho.
—Por estos actos de rebeldía te marchas —explicó Flora—. Eres injusta.
Entonces comencé a pensar en la injusticia y en mi padre, y la idea de que era una persona injusta la descarté por completo. No entendía muy bien lo que era la rebeldía, así que no presté atención a ese comentario.
—Sinceramente, quiero marcharme, Flora. No te daré el placer de pensar que no quiero dejar atrás esta casa, porque es lo único que verdaderamente me importa —dije la verdad.
—Pues entonces date prisa en acabar de desayunar —dijo mirándome fijamente—. En unos minutos te recogerán.
Y era verdad. En un cuarto de hora estaba sentada encima de mi maleta, en la puerta de mi casa, esperando a que “me recogieran”.
Bean se acercó a mí sigilosamente.
—Se supone que estoy en el baño —dijo nervioso.
—Anda, ven aquí.
Le abracé lo más fuerte que pude. Mis brazos empezaron a temblar por el exceso de fuerza. Sabía que era yo la que necesitaba un abrazo y no él. Era el único abrazo que iba a recibir en muchísimo tiempo, y Bean era lo más parecido a una “persona que me quería” que tenía.
—Tengo que irme ya, Julia. Estoy haciendo deberes con mi madre —dijo, y yo le solté.
Estaba haciendo deberes con Flora. Ella era su madre. Estaba decepcionada, pero tenía ocho años.
—Te echaré de menos, Bean —susurré y sonreí—. Ahora vete, venga.
Dio media vuelta y fue corriendo hacia la sala de estar. Supe que esa era la última vez en la que vería a Bean. No sentí nada. No tenía familia y creía que ya era hora de asimilarlo.
Marcus apareció y abrió la puerta de la calle. Detrás de esta, en la acera de enfrente, estaba aparcado un coche negro, y dentro nos esperaba Colin El Desgraciado.
—Vamos, Julia —ordenó Marcus.
El trayecto hasta el orfanato de Pankow duró una hora (teniendo en cuenta el tráfico y una parada en una gasolinera para que Marcus hiciera sus necesidades). Me limité a mirar los árboles que había a nuestro alrededor, y entonces me di cuenta de que la belleza es algo que pasa rápido. Por eso me gustaban los viajes en carretera: eran bellos, pero rápidos y reales. Cuando llevábamos aproximadamente la mitad del trayecto, empecé a sentir una impotencia descomunal; escuchaba música con letras que no entendía, y no por el idioma, sino porque hablaban del amor y del desamor, de la belleza y de la rebeldía. Y yo no era una enterada en esos temas. Algunas letras eran bonitas y estaban llenas de alegría, pero podía sentir la tristeza del artista al cantar las demás. Supongo que el amor no solo se tiene que disfrutar, sino que también tienes que sufrirlo. El amor no es un noviazgo, ni siquiera una relación de verano; el amor está por todos lados. El amor habita en las sonrisas, en cada mirada al cielo, en las gotas de lluvia, en la comisura derecha de los labios, en las palmas de las manos, en el mar, en los gorriones, en el recuerdo de mi padre, e incluso en los abrazos de Bean. El amor estaba por todas partes, pero creo que solo lo ve la gente que no sabe lo que es. Gente como yo.
Abrí la puerta del coche cuando este paró. Se me llenó la suela de los zapatos de barro, y esa era toda la suerte que iba a tener. El orfanato era grande y estaba rodeado de rejas de hierro (literalmente) un metro más altas que yo. Entre el edificio y las rejas había un gran espacio de tierra con algún que otro árbol plantado. Por fuera, todo era bosque y montaña. Solo se veía un camino de tierra lisa, y era por donde había venido yo. «Al menos hay buenas vistas», pensé.
En la puerta había una especie de guardia, aunque tuviera pinta de barrendero. Nos abrió la puerta y recorrimos El Enorme Espacio. Mientras caminaba hacia la puerta de entrada del orfanato, observé a todos los niños y adolescentes que estaban por la tierra sentados o de pie, al igual que ellos me observaban a mí. Había de todas las edades: un niño de unos ocho años mirando mis zapatillas, dos chicas de, probablemente, mi edad hablando en susurros sobre mi peinado (se basaba en una melena con algunas ondulaciones, aunque nunca lo llevaba separado en dos partes; siempre lo echaba hacia atrás con la mano), dos chicos que habían parado de jugar al fútbol para hablar de mi culo… Pero al fin y al cabo, todos iguales.
Tragué saliva y me adentré en el orfanato seguida por mi tío Marcus y Colin El Desgraciado. El suelo estaba lleno de baldosas viejas de color marrón claro y las paredes estaban pintadas de un blanco nuclear que hacía daño a los ojos. Había muchas ventanas y muchas escaleras. Era extraño, porque a las escaleras no les rodeaba ninguna barandilla, y entonces pensé en todos los niños que se habrán abierto la cabeza por este mismo hecho. Caerse resultaba especialmente fácil, y recuperarse de la caída especialmente difícil.
Se nos acercó un hombre mayor con el pelo blanco, barba blanca, y unos dientes no tan blancos con separación entre las palas.
—Buenos días, señor Johnson —dijo mencionando el apellido de mi padre, el de mi tío y el mío—. Encantado de conocerle —se estrecharon las manos—. Me llamo Johann Müller. Soy el director del orfanato… ¿Julia? Sí, Julia, quiero que sepas que aquí vas a estar muy bien cuidada.
Y sonreí, porque ese señor no tenía la culpa de mi desastre llamado “vida”.
Marcus, Colin El Desgraciado y el señor Johann se metieron en un despacho (el despacho del director), mientras que yo estaba obligada a quedarme esperando en una de las sillas del recibidor del orfanato. Cuando salieron, mi tío se limitó a despedirse de mí e irse.
—Aquí vas a estar segura, Julia. Te lo digo en serio —sonó como una promesa que ya estaba rota—. Pórtate bien, por favor, y cuídate mucho —dijo, y me abrazó.
No me opuse, porque ya no me quedaban fuerzas para oponerme a nada. Solo quería estar sola y que el tiempo pasara muy rápido.
—Tengo que irme, Julia —comentó y se separó de mí—. Hoy trabajo y solo me he tomado tres horas libres.
—No te preocupes —mentí, porque quería que se preocupara.
—Escucha, ahora vendrá una profesora y te enseñará tu habitación. El señor Johann dice que el orfanato tienes que ir conociéndolo tú misma, que es como una tradición aquí o algo así, y que por eso no te hacen una visita guiada. Tienes clases de siete de la mañana a tres de la tarde cinco días a la semana, con un espacio de media hora para tomar un descanso. Me ha dicho que tus compañeras y compañeros te explicarán como funcionan las clases para que te adaptes al lugar —me explicó—. Por Dios, Julia, sabes cuidarte. Hazlo —me ordenó y volvió a abrazarme.
—Puedes irte ya, Marcus. Puedo imaginarme como funciona esto.
—Vendré a verte una vez al mes —prometió.
—Está bien.
—Vale. Genial. Adiós, Julia —dijo caminando hacia la salida—. Cuídate mucho. Hazlo.
Me señaló con el dedo índice y salió por la puerta junto a Colin El Desgraciado. Lo último que vi de él fue un dedo apuntándome.
Esperé cinco minutos sentada en la misma silla, que ahora era “la silla de siempre”, hasta que una mujer (bastante joven para la gente que se veía por aquí) se acercó a mí. Tenía los ojos azules y una voz tan dulce que apostaba que, si su voz fuera una comida, sería un algodón de azúcar rosa.
—Hola, Julia, me llamo Anna Meyer. Soy tu profesora de dibujo y, bueno, me han ordenado que te lleve hasta tu habitación, pero estoy encantada de hacerlo —dijo, y ella era igual de dulce que su voz.
—Hola. Yo… creo que ya sabes como me llamo —dije con una sonrisa un poco forzada.
—Sí, así es. Aquí las noticias vuelan, ¿sabes?
—He volado y no me he dado ni cuenta —dije y se rió.
—Vamos, te llevaré hasta tu habitación, aunque técnicamente no es tu habitación —me miró mientras subía las escaleras sin barandilla—. Compartes habitación con otras dieciséis chicas de tu edad. Van a tu clase.
Mientras caminábamos por pasillos blancos con baldosas rotas, me contó que las habitaciones se dividían por curso. Cada curso tenía una clase, y esa clase tenía dos habitaciones: una para chicos y otra para chicas. Las dos habitaciones estaban una enfrente de la otra, separadas por un pasillo y puertas cerradas. No había literas, que habría sido lo más práctico, sino que eran filas de camas pegadas a cada pared de la habitación. Cuando llegué a la mía, vi que eran camas viejas, con colchones viejos y cabezales de madera bastante bonitos para una cama tan horrorosa. No había nadie en la habitación.
—Deja tu maleta encima de esta cama —dijo señalando la tercera cama de la fila de la izquierda. Cada cama tenía una mesa al lado derecho con tres cajones dentro. No estaba tan mal—. En el primer cajón de tu mesa hay un uniforme que espero que sea de tu talla. Esperaré fuera mientras te lo pones. Date prisa.
No me dio tiempo a opinar, porque Anna ya había cerrado la puerta de la habitación antes de que pudiera decir nada.
Abrí el primer cajón de mi supuesta mesita, y dentro había una falda de cuadros; cuadros de un tono azul oscuro, de otro tono azul claro, y después pasaba directamente al blanco nuclear. También había una camisa blanca, unos calcetines que cubrían todo el gemelo y, debajo de la mesa, descansaban unos zapatos color azul oscuro. Cuando me puse todo, en un principio, pensé que era de mi talla, pero la falda me quedaba por encima de las rodillas y, en ese momento, supe que tendría que tener cuidado al agacharme. Salí de la habitación después de suspirar unas cuantas veces. Fuera esperaba Anna apoyada en la pared.
—Estás muy guapa. Eres muy guapa. Te queda muy bien —me halagó y me sonrió—. Vamos, sígueme, tengo que llevarte a clase.
—¿A clase? —pregunté alterada—. No tengo libros, ni libretas, ni siquiera tengo un lápiz.
—Te lo dará todo el profesor de Matemáticas: Egon. Siempre tenemos material de repuesto para gente nueva —explicó—. Venga, vamos, Julia.
Fui detrás de ella hasta otro pasillo (que no era de habitaciones, sino de clases) lleno de puertas con una pequeña cristalera rectangular en ellas. Encima de cada puerta estaba escrito a mano y con pintura roja el curso al que pertenecía la clase. Anna se paró delante de una de las puertas. Encima de ella se leía “9. Klasse”. Por alguna razón estaba escrito en alemán. Supuse que llevaría escrito ya muchos años. Aquí las cosas se escribían en inglés y todo el mundo hablaba inglés, porque era el mejor método de enseñanza. «Menos mal», pensé.
—Voy a caer mal a todo el mundo —susurré para mí más que para cualquier otra persona, mientras miraba a todos mis compañeros por el pequeño cristal rectangular.
—A mí me gustas —confesó Anna, y posó su delgada y pálida mano encima de mi hombro.

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