La
clase de Dibujo me gustaba, pero no porque tuviera un don para dibujar o
pintar, ya que todo en mí era un desastre, incluso el dibujo; me gustaba porque
era diferente, y no porque fuera “la clase de Dibujo” o la sala más iluminada y
con las mejores vistas de todo el orfanato, sino porque Anna lo quería así; ella
lo hacía diferente. Creo que lo que quería era que nos olvidásemos de todo el
mal que nos rodeaba (incluyendo muertes, recuerdos y olvidos) y tuviéramos una
hora y media en la se podía ser uno mismo y en la que abundaba el color. Era
una profesora especial y me recordaba a las hadas madrinas, pero eso ya es otra
historia. En realidad, mi personalidad rechazaba el color en cantidades
industriales. Siempre me decantaba por el blanco y negro, pero intentaba
sonreír por el mismo motivo que usaba para obviar que mi vida se convirtió en una
tormenta con un cielo constantemente nublado: cumplir las promesas que haces a
la gente que quieres. En mis primeros trece años de vida hice muchas de esas,
sobretodo a mi padre, e intento llevarlas a cabo por él y por gente como Anna.
Las promesas están para cumplirlas, no sirve de nada acabar igual de rotos que
ellas.
No
sabía nada de Beate aquella mañana, aún no le había visto, así que divagaba
sola por los pasillos, buscando la clase de Dibujo y yendo con cuidado para no perderme.
—¡Eh,
J! —exclamó Otis detrás de mí, que se acercaba corriendo tranquilamente.
—Hola,
Otis —saludé con una sonrisa—. ¿Me has llamado J?
—Sí
—contestó e hizo una pausa—. Beate y yo hemos decidido llamarte así. Nos gusta
—explicó.
—De
acuerdo —dije lentamente intentando comprenderlo.
—Por
cierto, ¿has visto a Beate? —preguntó Otis.
—No,
qué va —contesté—, pero ahora tenemos clase juntas.
—¿Qué
os toca? —preguntó frunciendo el ceño.
—Dibujo,
pero no encuentro la clase —contesté y Otis se rió de mi situación.
—Te
acompaño, así te aprendes el camino y veo a Beate, ¿vale?
—Genial.
De
la semana y media que llevaba en aquel orfanato, había aprendido algo sobre
Otis. Era un chico muy humilde para tener solamente dieciséis años, pero me
parecía bien. Nunca le había visto juzgar sin conocer y eso era un punto a su
favor. Era agradable incluso sin
pretenderlo. Supongo que su simpatía había tenido algo que ver para
llegar a ser mejor amigo de Will. El curriculum de Otis me agradaba en exceso y
tenía que comportarme acorde a como él lo merecía.
—¿Tú
no tienes clase? —pregunté rompiendo el silencio.
—En
un principio, sí, pero he quedado con Will en el bosque a primera hora.
—Oh,
tú también eres de esos.
—A
mí no me gusta saltar la verja, porque no soy especialmente hábil ni raudo,
pero Will sí lo es. Es como un lince, ¿sabes? —explicó riendo.
—Está
loco —contesté—. Es el rey de la adrenalina.
Otis
comenzó a aplaudir mientras asentía con la cabeza.
—No
podría haberlo definido mejor, señorita Johnson.
—Pues
es todo un placer, señor Bahr.
Ambos
reímos hasta que Otis prosiguió con la conversación.
—Me
lo ha contado todo —dijo mirándome a los ojos.
—¿Qué?
—pregunté.
—Que
tú eres la reina de la adrenalina.
—“Definirse
es limitarse” —contesté citando a mi fiel amigo Oscar Wilde.
—¿Limitas
a Will? —preguntó.
—Tengo
que hacerlo.
—Ya
te darás cuenta de que Will es ilimitable.
Hice
una mueca en consecuencia a su respuesta.
—Me
habla mucho de ti —dijo Otis.
—¿Sí?
—pregunté.
La
intriga por saber más y las ganas de correr hacia el bosque se apoderaron de
mí.
—Es
un pesado —resopló—. Si lo vuestro va a más, no sé si podré soportarle.
—¿Lo
nuestro? —pregunté alterada, alzando las cejas.
—Nunca
ha buscado Crema Salvavidas para mí, Julia, y mira que me quiere —contestó
riéndose.
—Eres
tonto —afirmé—. Llevo poco más de una semana aquí dentro.
—Tiempo
al tiempo, que también él lo necesita.
Llegamos
al final de un pasillo lleno de gente. Otis se apoyó en el marco de
la puerta de la derecha, que daba paso a la clase de Dibujo. Dentro de ella se
hallaban algunos de mis compañeros, entre ellos Beate.
—¡Beate!
—exclamó Otis para llamar su atención—. ¿Puedes venir un momento?
Beate se giró y esbozó una sonrisa que yo nunca había visto en ella desde que estaba
en el orfanato. Una sonrisa diferente a cualquiera que te puede crear un amigo
o familiar. Cuando Beate pasó junto a mí para salir de la clase, agarré su
brazo y susurré:
—No
disimules la sonrisa, que te queda de cine.
Ella
me miró, sonrió y apretó con fuerzas sus labios contra mi mejilla. Entonces,
fue cuando supe que éramos más que buenas amigas, y resultaba reconfortante.
Con los ojos vidriosos, observé cómo charlaban animadamente ella y Otis. Decidí
dejarles su propio espacio y entré en la clase, chirriando así la puerta detrás
de mí. Saludé a algunos de mis compañeros y me dirigí a la ventana de la
izquierda de las tres que habían en la sala. La clase de Dibujo se encontraba
en el penúltimo piso del orfanato, así que las vistas eran impactantes. Levanté
la mirada hacia el cielo y se perdió entre las nubes, que se movían despacio,
al ritmo de la melodía de la canción que yo siempre tarareaba. Me tranquilizaba
mirar las nubes. De alguna manera, hacía que me sintiera segura y fascinada al
mismo tiempo, ¿pues cómo era posible que el viento pudiera mover aquella masa
de agua concentrada y belleza? No lo sé, el viento lo aclara todo, hasta las
ideas. El viento es la mejor medicina para las confusiones.
Me
sentí obligada a volver a la realidad, a mirar hacia el abismo. Alguien chistó.
—¡J!
—exclamó Will.
—¿Tú
también? —pregunté sonriendo a Will, que asomaba la cabeza por la ventana que
se hallaba debajo de la mía.
—A
mí también me gusta —contestó.
Sonreí
mirando al cielo, mordiéndome los labios como de costumbre. Sacudí la cabeza y
volví a encontrar sus ojos verdes.
—¿Esa
es la ventana de vuestra habitación? —pregunté.
—Sí,
tengo la cama al lado.
—¡Yo
también! —exclamé emocionada—. Creo que te odio.
—¿Por
qué? —preguntó.
—No
me gusta que seas tan parecido a mí —contesté.
—A
mí sí.
Volvió
aquel silencio de hace unos días que taladraba mis tímpanos. Intenté que se
esfumara.
—Me
ha dicho Otis que vais a ir al bosque.
—Cierto,
así es —afirmó—. Lo hacemos una o dos veces por semana. Nos ponemos al día y
hacemos cosas de tíos que no puedo contarte.
—“Cosas
de tíos” —le imité con voz grave y reí muy fuerte hasta que conseguí calmarme—.
Oye, apenas vas a clase.
—No
tienes de que preocuparte, J. Tengo más de un nueve de media.
—Uno:
¿¡qué!? —pregunté sorprendida—. Y dos: no me preocupo.
—Uno:
soy bastante inteligente —contestó—. Y dos: qué mal mientes.
Me
disponía a contestarle cuando Anna entró en la clase, acompañada de Beate y su
típico “¡Buenos días, chicos!”.
—Tengo
que irme —espeté.
—¿Te
veré más tarde? —preguntó Will.
Permanecí
unos segundos en silencio, pensando e intentando captar la atención de Will. Oí
a Anna decir que nos pusiéramos cada uno delante de un lienzo.
—Puede
—contesté y él sonrió.
Dejé
la ventana a mis espaldas y me coloqué delante del lienzo que había libre al
lado de Beate. Estábamos colocados de forma que creábamos un círculo alrededor
de la clase. Anna se puso en medio de este.
—A
la derecha de cada caballete tenéis una mesa con pinturas, pinceles y una
paleta en la que podéis hacer mezclas de colores para formar otro distinto
—explicó Anna—, pero eso ya lo deberíais saber. Vamos a realizar un nuevo
proyecto, chicos. Consiste en plasmar en ese lienzo que tenéis enfrente
vuestras sensaciones y sentimientos positivos. Es un ejercicio que sirve para
ejercitar la mente y recordar, o crear, buenos momentos. ¡Es completamente
libre! Puede ser técnico, realista o abstracto, como prefiráis. ¡Podéis
comenzar!
Se
empezaban a escuchar gritos de emoción y expresiones como “¡Tengo una idea
genial, Anna!” o “Qué fácil”. En cierto modo, me sentí ofendida e insultada; a
mí no me resultaba sencillo. ¿Cómo se dibujaba un sentimiento?, ¿por qué tenía
que ser alegre?, ¿qué podía hacer yo si a duras penas recordaba tiempos pasados
felices? No encontraba respuestas y tampoco sabía por donde comenzar a buscarlas.
—¿No
empiezas, Julia? —preguntó Anna posando sus blancas manos en mis hombros.
—Yo
no sirvo para esto —contesté mirándome los zapatos azul marino.
—¿Qué?
¿Piensas que a alguno de tus compañeros se le da especialmente bien la pintura?
—preguntó—. Por favor, Julia, mira el lienzo de Marie. ¿Qué está dibujando, una
casa o un árbol? —preguntó mirando los lienzos—. ¿Y qué me dices de Roth? No sé
diferenciar si eso es un perro o un camello —dijo intentando hacerme reír—. El
objetivo de este trabajo no es llegar a ser el mejor artista de la clase,
Julia, sino intentar evadirte de todas las penas que llevas encima. Quiero que
encuentres el mundo paralelo que hay dentro de ti y que no dejas mostrar a los
demás, e intentes plasmarlo con variaciones de colores. Eres una chica
inteligente, y sé que ahí dentro —dijo señalando mi corazón— hay miles de ideas
y sonrisas que quieren salir a flote —aseguró con decisión y yo sonreí—. Sí,
sonrisas como esa.
—Gracias,
señorita Meyer.
—Venga,
ponte a ello —dijo mientras se giró para marcharse—. Y llámame Anna —finalizó
la conversación guiñando un ojo y, después, fue a ver otros dibujos.
Estuve
un período de tiempo indefinido sonriendo, hasta que conseguí despejarme y
comenzar a buscar ideas. Mi mente solía estar vacía, al igual que yo. No había
ideas, ni color, ni recuerdos alegres; nada que nos hubiera pedido Anna. Bufé y
masajeé mi pelo para relajarme.
—¿Qué
pasa, J? —me preguntó Beate.
—No
sé qué dibujar.
—¿Ninguna
idea?
—Cero.
—Qué
quejita eres —dijo riendo mientras me manchaba con una pincelada de color
naranja.
—¡Eh!
—exclamé.
—¿Ves
cómo eres una quejica? —preguntó riéndose de mí.
Abrí
la boca y alcé mis cejas, poniendo así una expresión de sorpresa y enfado. Reí
y, con una brocha, le pinté el brazo de color verde (el primer color que divisé).
Beate dio otra pincelada rápida de color negro, esta vez en mi nariz. Y así fue como
empezó una de las guerras de pintura más inusuales de toda la historia de la humanidad. De un
momento a otro, toda la clase comenzó a pintar al que tenían al lado o a cualquier persona aleatoria,
incluso Anna se unió al juego. Se creó una explosión de color y estábamos tan
felices que no podíamos recordar cuando no lo habíamos estado. Reí hasta que mi
tripa no pudo más y disfruté de cada minuto como nunca antes había hecho. Me
encantaba observar a la gente que era feliz, y más aún si yo lo era junto a
ellos. Fue así como aprendí que la felicidad es una elección personal,
y que mis elecciones me encantaban, igual que me encantaba la sonrisa de Will y
el cielo en los ojos de Beate. Sigo pensando que la felicidad extrema no existe y
que solo es un deseo humano que demuestra la existencia de imposibles, pero
nunca había estado tan cerca de tocarla como a primera hora de la mañana en la
sala más iluminada del orfanato.
Me
alejé de la multitud y de las espadas de pintura, coloqué mis pies en dirección
al lienzo que me pertenecía y agarré el pincel con fuerza. Levanté el brazo y escribí:
SOÑAR ES CREER,
ASÍ QUE
ESTOY BIEN
Para ser
feliz, primero hay que creer que puedes serlo. No había estado más segura en
toda mi vida.
Tiré el
pincel al suelo sonriendo y corrí hacia Beate. Abracé su pequeño cuerpo cubierto de pintura y
pensé en que éramos el arcoíris más bonito. Mientras abrazaba a un ser querido
y escuchaba las risas de personas felices, se esfumaron todas mis
preocupaciones. Si la vida te ofrece una nueva oportunidad, no la desperdicies. Y supe que el orfanato era mi nueva oportunidad.
—Eres la
mejor oportunidad que me han dado.
Beate sonrió
de la misma manera que había sonreído al oír la voz de Otis, igual que sonreía
Will al saltar la valla y como sonreía yo al pensar en todos ellos. Me llené de
agradecimiento y no me hubiera importado explotar si es para decirles lo mucho que les empezaba a querer.
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