Trece días después de mi
decimoquinto cumpleaños y setecientos cincuenta y cuatro desde la muerte de mi
padre, la mujer de mi tío Marcus, a la cual yo no consideraba de mi familia (si
es que, por algún casual, aún me quedaba familia), llegó a la conclusión de que
el “acción, reacción” funcionaría con Marcus, e incluso conmigo. He de decir a
su favor que, como era de esperar, no era especialmente fácil controlarme, y
menos si me tenía que controlar una persona a la que deseaba que le picaran
tropecientas mil avispas en el glúteo izquierdo. Pero, como lo único que no he
perdido todavía es la autoestima, reconozco que se merecía cada picotazo
solamente por ser capaz de manipular a mi tío.
A veces me preguntaba cómo no
podía tener suficiente con su hijo, Bean, al cual cebaba como si fuera un cerdo
de la antigua granja de mis padres. Flora también decidió que la única manera
de ganarse el cariño de su hijo era proporcionándole comida. Se levantaba y
comía, iba a la escuela y se llevaba tres almuerzos distintos, llegaba a casa y
volvía a comer, jugaba a un videojuego mientras comía y, después de cenar,
remataba el día ingiriendo un par de dulces. Estaba casi segura de que en sus
sueños solo se imaginaba a él comiendo, principalmente, para mantener la rutina
del comer. Me cuestionaba la mayoría del tiempo que pasaba con Bean la misma
pregunta: «¿Cómo puede soportar tanto un estómago de apenas ocho años? ¿Y esas
rodillas hasta cuándo seguirán actuando como rodillas?». Nunca me había
esforzado en detener a Flora o en ayudar a Bean, porque también quería que a él
le picaran tropecientas mil avispas, pero en el glúteo derecho.
Cuando me imaginé vomitando por
el mareo que suponía dar ochocientas vueltas horizontales en la cama, oí discutir
a Marcus y a Flora. O, mejor dicho, escuché discutir a Flora, porque Marcus es
su marioneta preferida y, como buen juguete, no habla al menos que ella se lo
permita. Decidí dejarlo pasar, porque no me importaba que se le acelerara el
corazón y tampoco tenía intriga por saber el porqué de su discusión, pero
volvieron a llamar mi atención cuando ella susurró mi nombre. Debí enfurecerme,
porque, al medio minuto, me hallaba escondida tras una puerta, escuchando e
intentando adivinar los movimientos que hacía según hablaba.
—No puede quedarse aquí, Marcus.
Solo causa problemas, ya lo has visto. No me deja vivir, y el pobre Bean está
asustado. ¡Joder, Marcus, tu hijo teme a tu sobrina! —exclamó, y después soltó
un bufido más parecido al de un perro que al de una persona humana—. Tiene que
marcharse, es lo mejor para todos.
Cuando aún me quedaba un poco de
esperanza en que Marcus no cediera al “acción, reacción”, dijo:
—¡Esto es de locos! —gritó en un
tono inaudible, muy propio de él. Me incliné lo suficiente hacia la derecha
para poder ver la situación. Se acarició el pelo con la mano izquierda y apoyó
la espalda en el sillón en el que estaba sentado—. Está bien, cielo. Mañana
hablaré con mi abogado y pronto dejará esta casa, ¿de acuerdo? No permitiré que
nadie rompa mi matrimonio y, muchísimo menos, que mi hijo viva en una
pesadilla.
Casi por instinto, mis piernas me
condujeron de nuevo a mi cama. Me mordí el labio lo más fuerte que pude, hasta
que empezó a sangrar. No iba a llorar, aunque tampoco podía. Estaba claro que
este no era mi sitio, pero, sinceramente, ¿cuál era mi sitio? No lo iban a
encontrar, estaba segura al noventa y nueve por cien. (Quería reservarme el
cien por cien).
No dormí, solo mantuve los ojos
cerrados, pero aún así soñé que el mundo era mejor y conseguí tranquilizarme.
Cuando decidí levantar los párpados a las diez y media de la mañana,
divisé como Bean abría la puerta de mi cuarto, asomaba el culo y conseguía que
mi habitación fuera invadida por un olor tan desagradable y asqueroso como él.
Ahora entendéis lo de las avispas y los tropecientos mil picotazos, ¿verdad?
Era sábado, así que ni me molesté
en vestirme aquella mañana. Sentía que mis huesos iban a romperse en cualquier
momento. Parecía imposible caminar, pero obligué a todos mis músculos a
realizar su función motora. Entré en el cuarto de baño, me lavé la cara y,
después, me mojé el cuello por todo su alrededor para calmarme y actuar como si
me acabara de levantar y no tuviera el corazón bombeándome la sangre más rápido
que un leopardo intentando cazar a su gacela. Así me sentía yo, como la gacela,
y el leopardo era Flora. La única diferencia es que ella no tenía colmillos. Lo
que tenía era un buen par de tetas que a mi tío le encantaban.
—¡Buenos días, July! —dijo cuando
pasó por la puerta del cuarto de baño. Supe que era Flora por la aguda voz
llena de gallos, y porque vi reflejada su falsa melena rubia en el espejo cuando
estaba caminando. No se molestó en mirarme.
Moví la pierna hacia atrás y
cerré la puerta del baño con ayuda del pie. Levanté la cabeza y descubrí que
mis ojeras podrían pasar por moratones. Entonces se me ocurrió la idea de
decirle al supuesto abogado de Marcus que me pegaban, pero en seguida la retiré
a PCIPNU (Parte Cerebral con Ideas Perversas que Nunca Utilizaré), ya que 1) No
quería rebajarme a ser tan ruin como Flora, y 2) Me quería ir de esta casa, lo
único que me daba miedo era el sitio al que me mandarían. A lo mejor me daban
en adopción o, tal vez, aunque no lo quiera así, retrocedan unos centímetros y
Marcus tenga agallas para decir que, ya que era su sobrina, me tenía que querer
y tenía que cuidar de la única hija de su único hermano.
Me equivoqué en este último, como
de costumbre. No debería sacar tantas hipótesis de cada situación que me
planteaban.
A las once y cuarto
llamaron a la puerta. Me presenté voluntaria para ir a ver quién era, ya que
eso suponía estar, aproximadamente, un minuto y medio sin ver comer a Bean.
Giré el pomo de la puerta. Detrás
de ella esperaba ansioso un hombre de unos treinta y cinco años. Era alto y
delgado, pero fuerte. Tenía los ojos verdes y, en una de sus manos, sujetaba
con cuidado un maletín marrón, al parecer, de cuero. Era atractivo, pero
abogado. Tenía que poseer un error fatal y trágico. No todo iba a ser labios
bonitos y pestañas alargadas.
—Hola, pequeñaja, ¿está Marcus? —preguntó
con un tono alegre. Puse una expresión desagradable (creo que parecía que me
hubiera tragado un limón) al procesar ese “pequeñaja”, pero en cuanto me di
cuenta arreglé la situación con una sonrisa. No había que olvidar que era
guapo.
—Sí, está en el salón. Yo soy su
sobrina. —contesté. Añadir información de mi existencia no significaba nada.
Andaba por el pasillo, detrás de
mí. Intentaba llevarle hasta el salón lo más despacio posible, pero me lo puso
fácil, porque se paró a observar cada cuadro que estaba colgado en las paredes,
todos ellos pintados por Flora. Eran penosos.
—¡Ah, tú eres la rebelde a la que
tengo que meter en un orfanato! —exclamó, y parecía que la felicidad se le
salía por las orejas, mientras que a mí me ardían las mejillas—. Pareces
humilde, pero se ve que, por lo que dicen aquí, eres todo un demonio. Me
costará buscarte un buen sitio, niña.
Sin lugar a dudas, era el chico
guapo más insensible y despreciable que había conocido. Quería destrozarle el
tabique nasal, pero me limité a levantar la ceja izquierda, fruncir los labios,
mirar al suelo y dedicarme unas cuantas palabras tranquilas y varios insultos
no especialmente agradables que iban dirigidos hacia él, así que acabé relajándome.
Insistí para estar presente en la
reunión que iban a tener el chico guapo e insensible, que no tenía nombre, y mi
tío. A pesar de que Flora también insistió, incluso más que yo, en decir que no
era de mi incumbencia aquella conversación (si ella pensaba que no debía saber
a qué orfanato me iban a mandar, si por alguna razón el chico sin nombre no
había mentido, me daba igual), Marcus se opuso y dijo que tenía derecho y que
lo hacía por mi padre, pero yo pensé que iba atrasado en eso de ser una persona
justa y de tener un par de pelotas. Nunca iba a conseguir honrar a mi padre lo
suficiente como para tener la conciencia tranquila e impoluta.
—¿No crees que llegas un poco
tarde? —susurré para que solo pudiera oírme Marcus, que me miró como si le
hubiera dicho que he visto un unicornio verde—. Ya sabes, en lo de plantarle
cara a las víboras. Ser valiente cuando ya has superado el límite de cobardía
no es glorioso, Marcus.
Se limitó a mirarme por encima
del hombro y, por su expresión, no tardé en darme cuenta de que quería ahogarme
con el cable del teléfono. Decidí que ya le había propinado un buen golpe y me
senté en el sofá de la sala de estar, que era donde se iba a decidir mi futuro.
Mientras esperaba, me preguntaba
cómo sería vivir en un orfanato. En las películas son terribles, pero espero
que hayan aumentado sus conocimientos en tecnología y que el techo no se me
caiga encima mientras duerma. No quería que fuera un hotel de cinco estrellas,
solo deseaba que a mí me pareciera lo suficientemente habitable para mantenerme
con vida mientras estuviera dentro.
Es posible que me asustara la
idea de comenzar una nueva vida separada de la única familia que conocía y la
única que me quedaba. Es tan posible que incluso me aterraba, pero me quité esa
idea de la cabeza porque no quería llorar delante de ellos, y porque pretendía
que me diera igual. No quería conocer gente nueva, no era buena en ese tipo de
cosas. Pensándolo bien, no tenía que conocer a nadie, podía mantenerme al
margen e intentar hacer las cosas que me gustaban, si es que allí me dejaban
hacerlas y no me distraía un niño de ocho años que no cierra la boca cuando come,
y que come mucho.
Todos mis músculos se tensaron
cuando entró mi tío con su abogado guapo y despreciable por la puerta. Marcus
se sentó a mi lado, en el sofá, y aquel chico en el sillón que teníamos
enfrente. Nos separaba una mesa de cristal con un jarrón lleno de flores de
plástico. Odiaba las flores de plástico.
—Bueno, creo que va siendo hora
de ponerte al día, July —dijo Marcus, girándose hacia mí con las manos
entrelazadas. Parecía que ya no quería matarme.
Me contó que, como consecuencia
de mi mala conducta y de la mala suerte, él y su esposa habían decidido que lo
mejor para su familia (no me incluyó en ella) era que yo abandonara la casa,
pero que no me tenía que preocupar, porque iba a pagarme una residencia de la
que solo se podía salir con compañía de un adulto o de un monitor. Mintió. No
era una residencia, era un triste y dictador orfanato, pero os ahorraré los
detalles para evitar que sintáis más pena por los que ya viven allí. También
evitaré mencionar lo mal que habían educado a Colin (el abogado ya tenía
nombre, porque mi tío también dijo que él estaba aquí para asegurarse de mi
tranquilidad y su nombre salió a la luz) y lo mal que se explicaba para ser un
abogado. No estaba tranquila, pero fingí estarlo para que Colin cerrara la
boca.
Cuando creía que estaba a punto
de acabar desplomada en el suelo, Colin finalizó la reunión.
—Por mi parte está todo zanjado,
chicos. Llamaré esta misma tarde para concretar la fecha de su traslado —me
señaló—. Tengo un juicio a la una y no quiero llegar tarde —se levantó y cerró su
maletín, que sí era de cuero.
«Rezaré por la persona inocente a
la que defiendas».
—Te veré pronto —afirmó, se
levantó y le tendió la mano a mi tío, después la agitó y ambos asintieron con
la cabeza—. Un placer conocerte, Julia —sonrió por última vez y salió por la puerta.
«Ojalá pudiera decir lo
mismo. Mentira, no quiero decir lo mismo».
No hay comentarios:
Publicar un comentario